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Por Daniela González (*)

Entre el 23 y 26 de octubre, en Lima, Perú, se desarrolló el seminario internacional “Buscando soluciones para una seguridad alimentaria sostenible” en el marco del VII Encuentro de la Red INNOVAGRO. Las discusiones de los paneles y las charlas magistrales recorrieron una variedad de temáticas, como la incorporación de tecnologías en la producción, las problemáticas de los diferentes productores de la región, el rol de la innovación para apoyar a la agricultura familiar campesina, entre otras.

Todos estos temas, en un momento u otro, se cruzaron con el denominador común del cambio climático, y su impacto en la seguridad alimentaria. Y casi como una condición intrínseca del cambio climático, las posiciones fueron diversas y no fue posible identificar un consenso.

La dificultad de lograr acuerdos radica en gran parte en el amplio abanico de actores que participan en la agricultura y las diferentes realidades de los mismos dentro de la región latinoamericana.

Por una parte, un importante porcentaje de los agricultores aún subsisten de su propia producción agrícola y el pequeño excedente que puedan llegar a generar les permite intercambiar con otros productores o llevarlos a venta.

En este caso, el desafío frente al cambio climático es la escasa capacidad de reconversión de los pequeños productores, lo cual ante los nuevos escenarios climáticos redunda en menor producción por superficie plantada, suponiendo una merma en la ingesta alimentaria, y también económica. 

Por otro lado, el mundo hoy se encuentra ante la paradoja de una población sobre y mal alimentada y en Chile se vuelve alarmante la cifra de obesidad en educación básica que alcanza el 23%, según los datos de la JUNAEB, en contraste con el 1,8% de los niños que se considera en estado de desnutrición.

En este sentido, llama la atención la poca diversidad de especies que hoy componen la dieta de las personas (menor al 1% de las plantas potencialmente comestibles), así como la disminución en el consumo de frutas y verduras.

En este caso confluyen la variabilidad de precios ante eventos hidro-climáticos extremos que afectan la producción de alimentos, así como las reglamentaciones cada vez más estrictas a las exportaciones, pese a la apertura comercial entre países.

Y un tercer caso al alza es el boom de los llamados alimentos funcionales o superalimentos. La demanda por este tipo de alimentos se fundamenta por el aporte y beneficio extra que reportan a la salud (polifenoles, probióticos, etc.).

El aumento en su consumo no solo ha repercutido en los precios, sino que también ha develado el modelo de producción y generado críticas respecto al mismo, estableciendo cuestionamientos incluso del tipo ético, en la medida que se vinculan a procesos de biotecnología. 

Donde sí hay consenso es en el compromiso y preocupación de los diferentes productores y sus representantes civiles e institucionales por lograr la sustentabilidad alimentaria.

La alimentación de la población se genera en la tierra, y desde ella es clave fomentar las relaciones entre productor y consumidor.

El cambio climático tensiona la capacidad de adaptabilidad de los agricultores, pero también requiere de nuestra propia capacidad de poder ampliar el espectro de alimentos consumidos, sobretodo de productos agrícolas.

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(*) Daniela González es Geógrafa de la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC), con sólo 34 años es gerenta de Gestión Estratégica, Producción y Desarrollo del Centro de Información de Recursos Naturales (CIREN). Antes de formar parte de CIREN, se desempeñó como coordinadora de Infraestructura de Datos Espaciales del Centro de Investigación para la Gestión Integrada del Riesgo de Desastres (CIGIDEN).
Categorías: Opiniones

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